Historias saharauis 2018

Historias saharauis 2018

Retratos de mujeres y hombres que viven en los campos de refugiados saharauis en la provincia de Argelia de Tinduf, concretamente en la wilaya de Samara. Historias de personas que llevan más de 40 años viviendo como refugiados en El Aaiún, Auserd, Smara o Dajla, o que simplemente llevan toda su vida en un campamento.

Ahmed y Yadida

Los dos se encuentran mayores y cansados. Son muchos años viviendo en los campos como refugiados, sin moverse, en medio del desierto, a los que se añaden los de su infancia y juventud vividos en su tierra, llenos de sufrimiento y terror, llenos de guerras y muertes. Toda una vida de penurias con un forzado exilio que les ha llevado fuera de su país, tan cerca de sus casas y tan lejos de sus vidas.

Aquí en Smara, la wilaya donde les ha tocado hacerse viejos, han pasado más de la mitad de sus vidas. Aquí han criado a sus 5 hijos, y disfrutan ya hace años de sus 14 nietos.

Yadida no sale apenas de la haima; le hace sentirse cerca de su pueblo y de sus raíces, allí se siente nómada como sus padres y abuelos, ya todos fallecidos. Allí pasa las horas y los días, sobre todo con sus hijas y sus nietos. Allí recuerda y cuenta a los suyos como era su pueblo, libre para moverse continuamente, buscando los mejores pastos para sus rebaños de camellos y cabras. Ahora hace ya 42 años que la haima no se ha desmontado…

Ahmed en cambio suele estar por la dahira con los pocos amigos de su edad que le quedan, recordando los buenos tiempos en su país, en la República Árabe Sahariana Democrática, y olvidando el sufrimiento pasado al ser desterrados de su casa, y el que continúan sufriendo por no poder volver. Sueñan juntos que pronto sus familias podrán continuar las vidas que tenían sus padres, sueñan con un futuro para sus hijos y nietos…

Les gusta mucho a los dos ir con toda la familia al desierto, a las dunas de fina arena, fuera de la wilaya. Allí pasan la tarde hasta que se pone el sol, hablan de sus cosas, de su tierra, de su país, de sus raíces y de su futuro, mientras los niños juegan corriendo por las crestas y rodando por las dunas. Allí cuecen el pan de arena, enterrando la masa en un hoyo donde previamente han encendido unas ramas para calentar la arena, como lo hacían cuando como nómadas se desplazaban por el desierto. Un pan que comparten y comen juntos recordando el sabor de su pueblo y de su país.

Mahmud

Ha pasado toda su vida dentro de los campamentos saharauis en Tinduf, Argelia. Unos campos de refugiados a los que huyeron en 1976 más de 40.000 saharauis, y en los que viven actualmente más de 173.000 personas, encerradas y custodiadas por los militares argelinos a los que han de pedir permiso incluso para poder salir del campamento: 20 años viviendo encerrado, sin otra culpa que haber nacido saharaui en los campos de refugiados.

En estos asentamientos al este de Argelia, en pleno desierto del Sáhara y al lado mismo de su país, ocupado ilegalmente por Marruecos, levantó el pueblo saharaui sus primeras haimas hace 42 años, 42 años viviendo provisionalmente de la solidaridad de un gran número de organizaciones que comparten con el pueblo saharaui su injusticia histórica. Hace tan solo dos años llegó la electricidad a algunas zonas de los campamentos. Son cuatro los grandes asentamientos o wilayas: El Aaiún, Auserd, Smara i Dajla, que corresponden al nombre de cuatro ciudades importantes de su Sáhara ocupado, y que se estructuran en núcleos menores, dahiras.

Mahmud como gran parte de la juventud piensa que su única salida para volver a tener su país libre es la guerra, levantarse en armas contra el Reino de Marruecos, y poder volver a tener y ocupar lo que es suyo, su tierra. En cambio la gente más mayor que tuvo que salir de su país tras una guerra demasiado cruel, como todas, no quiere ni oír hablar de guerra y muerte.

Lo bien cierto es que después de vivir sus 20 años encerrado en el campamento, su futuro más probable es que todo siga igual, castigado por la comunidad internacional a vivir sin libertad.

Bechara

A finales de este otoño cumplirá los 12. Acaba de volver a los campamentos después de dos meses de «vacaciones en paz», acogida por una familia en un pueblo de la Ribera del Xúquer de València. Es el tercer y último año que pasa los meses de julio y agosto con la que ella considera su segunda familia. Con ellos y con los amigos que ha hecho en València ha podido vivir unas hermosas experiencias que hace años soñaba de pequeña, cuando oía contar a sus hermanos mayores como eran acogidos por las familias.

Todos los veranos, más de 5.000 niñas y niños saharauis, de entre 10 y 12 años, tienen el permiso de Argelia para poder salir de los campos de refugiados saharauis de la provincia de Tinduf, para pasar dos meses con las familias de acogida, donde intentan darles el cariño como a uno más de casa.

Con 12 años, ha salido tres veces de los campamentos, y no sabe cuando volverá a hacerlo. Le gusta ir a la madrasa a aprender, pero es difícil que sus padres puedan pagarle estudios superiores en Argel, tiene dos hermanos mayores y ninguno de ellos ha podido seguir estudiando. Y aún más complicado es poder obtener una beca para estudiar en el extranjero.

Ni ella sabe, ni nadie puede decirle cuál será su futuro. Es posible que ésta sea la última vez que salga de los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf.

Maiya

Ha pasado la mitad de su vida en libertad y la otra mitad encerrada en los campamentos saharianos. Hace 42 años que vive allí, dentro de los campamentos de refugiados en la provincia de Tinduf en Argelia.

Recuerda perfectamente la primera parte de su vida, con su gran familia y sus tres hermanos junto al mar, ayudando en los trabajos de pescador de su padre desde tierra, nunca le dejó subirse a la barca para ir a pescar con sus hermanos; y trabajando en la casa con su madre y sus tías. Recuerda las mañanas que jugaba con sus hermanos en la playa y el mar. Recuerda muy bien la fiesta que se organizó en el pueblo el día de su boda, y todo el tiempo que vivió feliz y en libertad con Josein, su marido. También recuerda el nacimiento de sus hijos y sus infancias, con penurias, con necesidades, algunas veces incluso para comer, con pocos medios y menos comodidades, pero felices.

También recuerda perfectamente la crueldad de la guerra, la muerte de sus padres de pena y terror por todo lo que estaba pasando, la muerte de dos de sus hermanos en las revueltas y la muerte de tanta gente en los enfrentamientos o simplemente sentados en sus casas, muertos por la tristeza.

Y recuerda la salida de su país, toda su familia junto a miles de personas, buscando un lugar donde poder seguir sus vidas o lo que quedaba de ellas. Recuerda los primeros asentamientos en haimas improvisadas, los primeros años de refugiados subsistiendo miserablemente como podían, mientras veían cada vez más lejos sus propias tierras ocupadas por los invasores que habían masacrado a su pueblo, mientras veían cada vez más difícil poder volver a la normalidad de sus vidas. Recuerda perfectamente como tuvo que sufrir con su marido para sacar a su familia adelante, para seguir malviviendo y buscar un futuro digno a sus hijos.

Los recuerdos más recientes son mejores, aunque nada tienen que ver con los de su infancia y juventud. Sus nietos han crecido y aunque ellos no han vivido los tormentos de la guerra y de la huida de una muerte segura, lo conocen muy bien, porque ellos se han encargado de contárselo. Aunque les gustaba mucho más contarles como vivían antes de toda esta incomprensible barbarie. Tenían mucho interés en que no se olvide la injusticia que se ha hecho con su pueblo, pero tenían mucho más en que no se olviden sus vidas, su cultura, la forma de vivir del pueblo sahariano en libertad y en su tierra.

Ahora ya todos estos recuerdos quiere ir olvidándolos. Piensa que ya los ha dejado a buen recaudo en sus hijos y nietos. Sólo quiere morirse tranquilamente y en paz, porque sabe que en la otra vida le espera Josein desde hace un año, cuando murió cansado de tanto recordar.

Lemira

Cuando nació, la matrona ya veía que la niña tenía algo en su mirada que no era habitual. Efectivamente, a los pocos días su familia ya había observado que Lemira no se comportaba ni reaccionaba como lo hacen las niñas que acaban de nacer. Vino al mundo con una discapacidad profunda, y vive con todas las atenciones que puede darle su familia, en Smara, uno de los asentamientos del campo de refugiados saharauis de Tinduf.

El día que la visitamos, estaba donde ha pasado la mayor parte de sus 8 años, en el suelo de la haima, encima de alfombras entre cojines, con los brazos, las manos, las piernas y los pies en tensión, la cabeza estirada hacia arriba y los ojos bien abiertos, la madre a su lado espantando las moscas que insistentemente vuelven a la cara de la niña. Lemira necesita ayuda para desarrollar cualquier actividad física propia de su edad, lo único que es capaz de hacer es voltearse para desplazarse por la haima.

Desde hace unos años, la Associació d’Ajuda a Persones Saharauis amb Discapacitat la visita regularmente junto con un grupo de mujeres saharauis que se van formando para atender a más de un centenar de casos de niñas y niños con discapacidad profunda que viven en los campos de refugiados.

A Lemira le han fabricado una silla especial en el propio campamento siguiendo las directrices de la asociación en la que se puede sentar y relacionarse con su familia desde una perspectiva diferente como nunca antes lo había hecho. Gracias a su silla podría ejercitar ciertos movimientos que nunca antes había hecho. En la última visita, pudimos ver como Lemira sentada en su silla, conseguía coger la cuchara cargada de papilla y acercársela a la boca para comer, mientra su madre pacientemente la ayudaba.

Salek

Nació a los dos años de los primeros asentamientos en Tiduf. Tiene 40 y toda su vida la ha pasado en un campo de refugiados. Su infancia la vivió sin «guerras oficiales», pero toda su vida ha estado marcada por la falta de paz y libertad para él y su pueblo. Vivir de esta manera en un campamento de refugiados y expulsado de sus tierras no es vivir en guerra, pero tampoco es vivir en paz ni en libertad.

Él tuvo la suerte de pasar 8 años de su juventud estudiando en Cuba, becado por aquel país a principios del siglo XXI. Nada más terminó los estudios superiores de Ciencias Sociales y Políticas, volvió enseguida con su gente, decidió formar una familia y colaborar para que su pueblo siguiera adelante, ayudando a buscar un futuro posible para su pueblo saharaui.

Está casado desde hace 14 años y tiene una niña y dos niños que van regularmente a la escuela, a la madrasa, de domingo a jueves, donde estudia en árabe y en su idioma el hassanía, Él y su mujer están convencidos que un buen futuro para su pueblo solamente se podrá ir creando a partir de la educación, de la formación de sus hijas e hijos.

Trabaja en el Ministerio de Asuntos Sociales del gobierno Saharaui. Dedica todo su tiempo y esfuerzo a su familia y a las personas más necesitadas de los campamentos, a los que además de vivir privados de libertad tienen la desgracia de padecer enfermedades o discapacidades, a los que son los más vulnerables entre los desvalidos.